EL ASTRÓNOMO

Tenía un astrónomo la costumbre de pasear todas las noches estudiando los astros. Un día que vagaba por las afueras de la ciudad, absorto en la contemplación del cielo, cayó inopinadamente en un pozo.

Estando lamentándose y dando voces, acertó a pasar
un hombre, que oyendo sus lamentos se le acercó para
saber su motivo; enterado de lo sucedido, dijo:

-¡Amigo mío! ¿quieres ver lo que hay en el cielo y
no ves lo que hay en la tierra?

Está bien mirar y conocer a nuestro alrededor, pero antes hay que saber dónde se está parado.

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EL HOMBRE SABIO


Se cuenta que en el siglo pasado,un turista americano fue a la ciudad de El Cairo, Egipto, con la finalidad de visitar a un famoso sabio. El turista se sorprendió al ver que el sabio vivía en un cuartito muy simple y lleno de libros. Las únicas piezas de mobiliario eran una cama, una mesa y  un banco.

– ¿Dónde están sus muebles? preguntó el turista. Y el sabio, rápidamente, también preguntó: – Y dónde están          los suyos…?

– ¿Los míos?, se sorprendió el turista.¡Pero si  yo estoy aquí solamente de paso!

Yo también… concluyó el sabio. “La vida en la tierra es solamente temporal… sin embargo, algunos viven como si fueran a quedarse aquí eternamente y se olvidan de ser felices”.

“El valor de las cosas no está en el tiempo que duran, sino en la intensidad con que suceden.  Por eso existen momentos inolvidables, cosas inexplicables y personas incomparables.”

Y recuerda :

Dios no te preguntará qué modelo de auto usabas; te preguntará a cuánta gente llevaste.

Dios no te preguntará los metros cuadrados de tu casa; te preguntará cuánta gente recibiste en ella.

Dios no te preguntará la marca de la ropa en tu armario; te preguntará a cuántos ayudaste a vestirse.

Dios no te preguntará cuan alto era tu sueldo; te preguntará si vendiste tu conciencia para obtenerlo.

Dios no te preguntará cuál era tu título; te preguntará si hiciste tu trabajo con  lo mejor de tu capacidad.

Dios no te preguntará cuántos amigos tenías; te preguntará cuánta gente te consideraba su amigo.

Dios no te preguntará en qué vecindario vivías; te preguntará cómo tratabas a tus vecinos.

Dios no te preguntará el color de tu piel; te preguntará por la pureza de tu interior.

LOS GALLOS Y LA PERDIZ

Un hombre que tenía dos gallos, compró una perdiz
doméstica y la llevo al corral junto con ellos para
alimentarla.
Pero estos la atacaban y la perseguían, y la perdiz,
pensando que lo hacían por ser de distinta especie, se
sentía humillada.
Pero días más tarde vio cómo los gallos se peleaban entre
ellos, y que cada vez que se separaban, estaban cubiertos
de sangre. Entonces se dijo a sí misma:
— Ya no me quejo de que los gallos me maltraten, pues he
visto que ni aun entre ellos mismos están en paz.
Si llegas a una comunidad donde los vecinos no viven en
paz, ten por seguro que tampoco te dejarán vivir en paz.

El águila y los gallos

Dos gallos reñían por la preferencia de las gallinas; y al fin uno puso en fuga al otro.

Resignadamente se retiró el vencido a un matorral, ocultándose allí. En cambio el vencedor orgulloso se subió a una tapia alta dándose a cantar con gran estruendo.

Mas no tardó un águila en caerle y raptarlo. Desde entonces el gallo que había perdido la riña se quedo con todo el gallinero.

A quien hace alarde de sus propios éxitos, no tarda en aparecerle quien se los arrebate.

 

 

¿Y a ti quién te prepara el paracaídas?

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Charles Plumb es un veterano de guerra norteamericano. Era piloto en la marina estadounidense y durante uno de sus vuelos, su avión fue abatido. Pudo abrir su paracaídas y fue capturado por el enemigo. Fue encarcelado como prisionero de guerra durante 6 años (de 1967 a 1973), antes de ser liberado. Unos años después se dedicó a hacer charlas y trabajar de consultor, enseñando como lo que aprendió de su cautiverio se puede aplicar a la vida cotidiana.

Un día mientras estaba comiendo en un restaurante, se le acercó una persona, y le preguntó si era Charles Plumb, el famoso prisionero de guerra. Contestó que efectivamente, y le preguntó al hombre de donde le conocía.

“Trabajaba en la marina. Yo fui quien preparó su paracaídas.”

Dicen que Charles Plumb, muy sorprendido y emocionado, demostró una enorme gratitud hacia aquel desconocido.

“Estoy vivo gracias a usted. Los pilotos nunca nos preocupamos por saber quién nos prepara el paracaídas, y sin embargo es una función vital”.

Y a ti, ¿quién te prepara el paracaídas?

En tu vida personal y profesional, aunque no estés consciente de ello, tienes paracaídas. Quizás alguno sea un contrato bien redactado, o el apoyo moral de tus familiares, quizás sean otras cosas.

Párate un momento a pensar. ¿Es posible que haya algo fundamental para ti y que no le estés dando la importancia que se merece?

LOS CIEGOS Y EL ELEFANTE

Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo en la antigua India había un mercader que viajaba siempre con su elefante, que usaba tanto como medio de carga como arma para impresionar a sus enemigos.

Un día el mercader llegó a una ciudad donde solo vivían ciegos. Los habitantes desconfían de los desconocidos, y mandaron a seis jóvenes para que investigaran quién quería entrar en la ciudad. Los muchachos eran impacientes, y fueron corriendo uno tras otro para conocer al visitante.

El más rápido de los jóvenes fue el primero en llegar. Como iba corriendo, chocó contra el flanco del animal. Por el olor y el tacto notó que era un animal, pero cuando quiso medirlo, le pareció que no tenía fin. Volvió a la ciudad gritando: “¡Es un animal y a la vez es un muro!”.

El segundo en llegar se encontró con la trompa del elefante. El animal resopló y tras tocarlo un poquito, el muchacho regresó anunciando a todos que era una serpiente gigantesca.

El tercero de los chicos ciegos se topó con un colmillo. Sintió el marfil frío y afilado, y cuando volvió al pueblo de los ciegos contaba a todos que el animal era como una lanza.

El siguiente muchacho descubrió una de las patas traseras. Mientras la rodeaba con los brazos, el elefante, molesto, levantó su pierna para liberarse. El joven se apresuró por regresar y explicó a los demás que el animal era como el tronco de un árbol enorme, fuerte pero a la vez móvil.

El quinto explorador agarró al elefante por la cola, y se sorprendió de que sus compañeros se hubieran alborotado por tan poco. Es solo una vieja cuerda desgastada, contó a quien quería escucharle.

El último muchacho ciego alcanzó al animal cerca de la oreja. Sintió como los movimientos del elefante desplazaban grandes cantidades de aire. Persuadido de haber descubierto un animal parecido a un abanico gigante, volvió a la ciudad a compartir su versión.

Tras los chicos había salido un hombre mayor y experimentado. Encontró a los jóvenes cuando volvían excitados por sus descubrimientos. Llegó cerca del elefante, y tranquilamente le rodeó, tocándole por todos lados. Cuando hubo examinado completamente el animal, regresó lentamente a la ciudad, riéndose de las prisas de la juventud al tiempo que recordaba como el mismo había sido igual de impetuoso cuando era más joven.

Pero se rió aún más cuando regresó a la ciudad. Cada uno de los jóvenes había convencido parte de la población.

    Es un muro, decían unos.

    No, es una serpiente, respondían otros.

    Estáis equivocados, es una lanza, replicaban por otro lado.

    ¡Es un tronco!

    ¡Una vieja cuerda!

    ¡Un abanico!

El anciano no paraba de reírse al darse cuenta que, según parecía, él era el único que no sabía qué era el elefante.

Moraleja

Tómate el tiempo necesario para tener una visión completa de las cosas. Si por las prisas analizas solo una parte, tienes todas las papeletas para tomar decisiones equivocadas basadas en un diagnóstico equivocado.

Hazte tu propia opinión por experiencia personal. En el cuento, es mucho peor la postura de los seguidores de cada uno de los chicos ciegos que la que han tomado los muchachos. Aunque hayan errado en sus diagnósticos, los jóvenes al menos se han molestado en ir a averiguar. Los demás se han formado una opinión sin siquiera contrastarlo, a pesar de que hayan seis versiones distintas, todas basadas en la experiencia.

 

LIBERTAD PARA ELEGIR

Era un profesor comprometido y estricto, conocido también por sus alumnos como hombre justo y comprensivo…
Al terminar la clase ese día de verano, mientras el maestro organizaba unos documentos encima de su escritorio, se le acercó uno de sus alumnos y en forma desafiante le dijo:
– Profesor, lo que me alegra de haber terminado la clase es que no tendré que escuchar más sus tonterías y podré descansar de verle esa cara aburridora.
El alumno estaba erguido, con semblante arrogante, en espera de que el maestro reaccionara ofendido y descontrolado.
El profesor miró al alumno por un instante y en forma muy tranquila le preguntó:
– Cuándo alguien te ofrece algo que no quieres, ¿lo recibes?
El alumno quedó desconcertado por la calidez de la sorpresiva pregunta.
– Por supuesto que no, contestó de nuevo en tono despectivo el muchacho.
– Bueno, -prosiguió el profesor- cuando alguien intenta ofenderme o me dice algo desagradable, me está ofreciendo algo, en este caso una emoción de rabia y rencor, que puedo decidir no aceptar.
– No entiendo a qué se refiere -dijo el alumno, confundido.
– Muy sencillo, -replicó el profesor-. Tú me estás ofreciendo rabia y desprecio y si yo me siento ofendido o me pongo furioso, estaré aceptando tú regalo, y yo, mi amigo, en verdad, prefiero obsequiarme mi propia serenidad. Muchacho, -concluyó el profesor en tono gentil- tu rabia pasará, pero no trates de dejarla conmigo, porque no me interesa. Yo no puedo controlar lo que tú llevas en tu corazón pero de mí depende lo que yo cargo en el mío.

Cada día, en todo momento, tú puedes escoger qué emociones o sentimientos quieres poner en tu corazón y lo que elijas lo tendrás hasta que decidas cambiarlo.

Es tan grande la libertad que nos da la vida que hasta tenemos la opción de amargarnos o ser felices.

EL MUCHACHO DE LOS CLAVOS

Esta es la historia de un muchacho que tenía muy mal carácter.
Su padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que cada vez que perdiera la paciencia, debería clavar un clavo detrás de la puerta.

Las semanas siguieron su curso. A medida que él aprendía a controlar su genio, clavaba cada vez menos clavos detrás de la puerta.

Después de informar a su padre, éste le sugirió que retirara un clavo cada día que lograra controlar su carácter. Los días pasaron y el joven finalmente anunció a su padre que no quedaban más clavos para retirar de la puerta.

Su padre lo tomó de la mano y lo llevó hasta la puerta.
Le dijo: has trabajado duro, hijo mío, pero mira todos esos hoyos en la puerta, nunca más será la misma.

Cada vez que pierdes la paciencia, dejas cicatrices exactamente como las que aquí ves. Tú puedes insultar a alguien y retirar lo dicho, pero del modo que lo digas lo devastarás y la cicatriz perduraría para siempre.

Una ofensa verbal es tan dañina como una ofensa física.

Los amigos son joyas preciosas. Nos hacen reír y nos animan a seguir adelante. Nos escuchan con atención y siempre están prestos
a abrirnos su corazón.

La encina y la caña

La encina estaba discutiendo con una caña sobre la resistencia de cada una, la encina se burlaba de la caña, y le decía con un tono de menosprecio. Eres una planta muy débil, no tienes la firmeza que yo tengo, ya que te doblas a la más mínima brisa.
En cambio yo, decía la encina a la caña, levanto la cabeza y no me inclino a nadie, más bien, alzo la cabeza hasta las nubes.
Cuando terminó de decir esto la encina, se acercó un huracán muy grande, el cual solo pudo doblar a la caña, pero en cambio derribó a la soberbia encina.

Es muy frecuente que los soberbios sean destruidos, mientras que los humildes con su constante resistencia, escapan varias veces del peligro.

COMPARTIR

Dos hombres, ambos enfermos de gravedad, compartían el mismo cuarto semiprivado del hospital.

A uno de ellos se le permitía sentarse durante una hora en la tarde, para drenar el líquido de sus pulmones. Su cama estaba al lado de la única ventana de la habitación. El otro tenía que permanecer acostado de espalda todo el tiempo.

Conversaban incesantemente todo el día y todos los días, hablaban de sus esposas y familias, sus hogares, empleos, experiencias durante sus servicios militares y sitios visitados durante sus vacaciones. Todas las tardes, cuando el compañero ubicado al lado de la ventana se sentaba, se pasaba el tiempo relatándole a su compañero de cuarto lo que veía.

Con el tiempo, el compañero acostado de espalda, que no podía asomarse por la ventana, se desvivía por esos períodos de una hora, durante los cuales se deleitaba con los relatos de las actividades y colores del mundo exterior. La ventana daba a un parque con un bello lago, los patos y cisnes se deslizaban por el agua, mientras los niños jugaban con sus botecitos a la orilla del lago. Los enamorados se paseaban de la mano entre las flores multicolores; era un paisaje con árboles majestuosos y, en la distancia, una bella vista de la ciudad. A medida que el señor cerca de la ventana describía todo esto con detalles exquisitos, su compañero cerraba los ojos e imaginaba un cuadro pintoresco. Una tarde, le describió un desfile que pasaba por el hospital, y aunque no pudo escuchar la banda, lo pudo ver a través del ojo de la mente mientras su compañero se lo describía.

Pasaron los días y las semanas; y una mañana, la enfermera, al entrar para el aseo matutino, se encontró con el cuerpo sin vida del señor cerca de la ventana, quien había expirado tranquilamente durante su sueño. Con mucha tristeza avisó para que trasladaran al cuerpo. Al día siguiente, el otro señor pidió que lo trasladaran cerca de la ventana. A la enfermera le agradó hacer el cambio y luego de asegurarse de que estaba cómodo, lo dejó solo.

Con mucho esfuerzo y dolor, se apoyó en un codo para poder mirar el mundo exterior por primera vez. Finalmente, tendría la alegría de verlo por sí mismo. Se esforzó para asomarse por la ventana, y lo que vio fue la pared del edificio de al lado. Confundido y entristecido, le preguntó a la enfermera qué sería lo que le animó a su difunto compañero a describir tantas cosas maravillosas fuera de la ventana…

La enfermera le respondió que el señor era ciego y no podía ni ver la pared de enfrente. Ella le dijo: Quizás solamente deseaba animarlo a usted.

Existe una inmensa alegría en poder alegrar a otros, a pesar de nuestra propia situación.

La aflicción compartida disminuye la tristeza, pero cuando la alegría es compartida, se duplica.